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sábado, 15 de agosto de 2009

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Laberinto

No habrá nunca una puerta. Estás adentro Y el alcázar abarca el universo Y no tiene ni anverso ni reverso Ni externo muro ni secreto centro. No esperes que el rigor de tu camino Que tercamente se bifurca en otro, Que tercamente se bifurca en otro, Tendrá fin. Es de hierro tu destino Como tu juez. No aguardes la embestida Del toro que es un hombre y cuya extraña Forma plural da horror a la maraña De interminable piedra entretejida. No existe. Nada esperes. Ni siquiera En el negro crepúsculo la fiera.
(De «Elogio de la sombra»)

El laberinto

Zeus no podría desatar las redes de piedra que me cercan. He olvidado los hombres que antes fui; sigo el odiado camino de monótonas paredes que es mi destino. Rectas galerías que se curvan en círculos secretos al cabo de los años. Parapetos que ha agrietado la usura de los días. En el pálido polvo he descifrado rastros que temo. El aire me ha traído en las cóncavas tardes un bramido o el eco de un bramido desolado. Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte es fatigar las largas soledades que tejen y destejen este Hades y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.Nos buscamos los dos. Ojalá fuera éste el último día de la espera.

El guardián de los libros

Ahí están los jardines, los templos y la justificación de los templos,La recta música y las rectas palabras, Los sesenta y cuatro hexagramas, Los ritos que son la única sabiduría Que otorga el Firmamento a los hombres, El decoro de aquel emperadorCuya serenidad fue reflejada por el mundo, su espejo, De suerte que los campos daban sus frutos Y los torrentes respetaban sus márgenes, El unicornio herido que regresa para marcar el fin, Las secretas leyes eternas, El concierto del orbe; Esas cosas o su memoria están en los libros Que custodio en la torre.
Los tártaros vinieron del Norte En crinados potros pequeños; Aniquilaron los ejércitos Que el Hijo del Cielo mandó para castigar su impiedad, Erigieron pirámides de fuego y cortaron gargantas, Mataron al perverso y al justo, Mataron al esclavo encadenado que vigila la puerta, Usaron y olvidaron a las mujeres Y siguieron al Sur, Inocentes como animales de presa, Crueles como cuchillos. En el alba dudosa El padre de mi padre salvó los libros. Aquí están en la torre donde yazgo, Recordando los días que fueron de otros, Los ajenos y antiguos.
En mis ojos no hay días. Los anaquelesEstán muy altos y no los alcanzan mis años.Leguas de polvo y sueño cercan la torre.¿A qué engañarme?La verdad es que nunca he sabido leer,Pero me consuelo pensandoQue lo imaginado y lo pasado ya son lo mismoPara un hombre que ha sido Y que contempla lo que fue la ciudad Y ahora vuelve a ser el desierto. ¿Qué me impide soñar que alguna vez Descifré la sabiduría Y dibujé con aplicada mano los símbolos? Mi nombre es Hsiang. Soy el que custodia los libros, Que acaso son los últimos, Porque nada sabemos del Imperio Y del Hijo del Cielo. Ahí están en los altos anaqueles, Cercanos y lejanos a un tiempo, Secretos y visibles como los astros. Ahí están los jardines, los templos.

Elogio de la sombra

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan) puede ser el tiempo de nuestra dicha.El animal ha muerto o casi ha muerto. Quedan el hombre y su alma. Vivo entre formas luminosas y vagas que no son aún la tiniebla. Buenos Aires, que antes se desgarraba en arrabales hacia la llanura incesante, ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro, las borrosas calles del Once y las precarias casas viejas que aún llamamos el Sur. Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas; Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar; el tiempo ha sido mi Demócrito. Esta penumbra es lenta y no duele; fluye por un manso declive y se parece a la eternidad. Mis amigos no tienen cara, las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años, las esquinas pueden ser otras, no hay letras en las páginas de los libros. Todo esto debería atemorizarme, pero es una dulzura, un regreso. De las generaciones de los textos que hay en la tierra sólo habré leído unos pocos, los que sigo leyendo en la memoria, leyendo y transformando. Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte, convergen los caminos que me han traído a mi secreto centro. Esos caminos fueron ecos y pasos, mujeres, hombres, agonías, resurrecciones, días y noches, entresueños y sueños,cada ínfimo instante del ayer y de los ayeres del mundo, la firme espada del danés y la luna del persa, los actos de los muertos, el compartido amor, las palabras, Emerson y la nieve y tantas cosas. Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro, a mi álgebra y mi clave a mi espejo. Pronto sabré quién soy.

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

A un poeta menor de la antología

¿Dónde está la memoria de los días que fueron tuyos en la tierra, y tejieron dicha y dolor y fueron para ti el universo?
El río numerable de los años los ha perdido; eres una palabra en un índice.
Dieron a otros gloria interminable los dioses, inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores; de ti sólo sabemos, oscuro amigo, que oíste al ruiseñor, una tarde.
Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra pensará que los dioses han sido avaros.
Pero los días son una red de triviales miserias, ¿y habrá suerte mejor que la cenizade que está hecho el olvido?
Sobre otros arrojaron los dioses la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas, de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera; contigo fueron más piadosos, hermano.
En el éxtasis de un atardecer que no será una noche, oyes la voz del ruiseñor de Teócrito.
(De «El otro, el mismo»)

El Golem

Si (como el griego afirma en el Cratilo) El nombre es arquetipo de la cosa, En las letras de rosa está la rosa Y todo el Nilo en la palabra Nilo.
Y, hecho de consonantes y vocales, Habrá un terrible Nombre, que la esencia Cifre de Dios y que la Omnipotencia Guarde en letras y sílabas cabales.
Adán y las estrellas lo supieron En el Jardín. La herrumbre del pecado (Dicen los cabalistas) lo ha borrado Y las generaciones lo perdieron.
Los artificios y el candor del hombre No tienen fin. Sabemos que hubo un día En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre En las vigilias de la judería.
No a la manera de otras que una vaga Sombra insinúan en la vaga historia, Aún está verde y viva la memoria De Judá Leon, que era rabino en Praga.
Sediento de saber lo que Dios sabe, Judá León se dio a permutaciones de letras y a complejas variaciones Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.
La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio, Sobre un muñeco que con torpes manoslabró, para enseñarle los arcanos De las Letras, del Tiempo y del Espacio.
El simulacro alzó los soñolientos Párpados y vio formas y colores Que no entendió, perdidos en rumores Y ensayó temerosos movimientos.
Gradualmente se vio (como nosotros) Aprisionado en esta red sonora de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora, Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
(El cabalista que ofició de numen A la vasta criatura apodó Golem; Estas verdades las refiere Scholem En un docto lugar de su volumen.)
El rabí le explicaba el universo "Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga." Y logró, al cabo de años, que el perverso Barriera bien o mal la sinagoga.
Tal vez hubo un error en la grafíaO en la articulación del Sacro Nombre;A pesar de tan alta hechicería,No aprendió a hablar el aprendiz de hombre,
Sus ojos, menos de hombre que de perro Y harto menos de perro que de cosa, Seguían al rabí por la dudosa penumbra de las piezas del encierro.
Algo anormal y tosco hubo en el Golem, Ya que a su paso el gato del rabino Se escondía. (Ese gato no está en Scholem Pero, a través del tiempo, lo adivino.)
Elevando a su Dios manos filiales, Las devociones de su Dios copiaba O, estúpido y sonriente, se ahuecaba En cóncavas zalemas orientales.
El rabí lo miraba con ternuraY con algún horror. ¿Como (se dijo) Pude engendrar este penoso hijoY la inacción dejé, que es la cordura?
Por qué di en agregar a la infinita Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana Madeja que en lo eterno se devana, Di otra causa, otro efecto y otra cuita?
En la hora de angustia y de luz vaga, En su Golem los ojos detenía. ¿Quién nos dirá las cosas que sentía Dios, al mirar a su rabino en Praga?
1958
Una rosa y Milton

De las generaciones de las rosas Que en el fondo del tiempo se han perdido Quiero que una se salve del olvido, Una sin marca o signo entre las cosas Que fueron. El destino me depara Este don de nombrar por vez primera Esa flor silenciosa, la postrera Rosa que Milton acercó a su cara, Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla O blanca rosa de un jardín borrado, Deja mágicamente tu pasado Inmemorial y en este verso brilla, Oro, sangre o marfil o tenebrosa Como en sus manos, invisible rosa.

El despertar

Entra la luz y asciendo torpemente De los sueños al sueño compartido Y las cosas recobran su debido Y esperado lugar y en el presente Converge abrumador y vasto el vagoAyer: las seculares migraciones Del pájaro y del hombre, las legiones Que el hierro destrozó, Roma y Cartago. Vuelve también la cotidiana historia: Mi voz, mi rostro, mi temor, mi suerte. ¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte, Me deparara un tiempo sin memoria De mi nombre y de todo lo que he sido! ¡Ah, si en esa mañana hubiera olvido!
Fragmento

Una espada, Una espada de hierro forjada en el frío del alba. Una espada con runas Que nadie podrá desoír ni descifrar del todo, Una espada del Báltico que será cantada en Nortumbria, Una espada que los poetas Igualarán al hielo y al fuego, Una espada que un rey dará a otro rey Y este rey a un sueño, Una espada que será leal Hasta una hora que ya sabe el Destino, Una espada que iluminará la batalla.
Una espada para la mano Que regirá la hermosa batalla, el tejido de hombres, Una espada para la mano Que enrojecerá los dientes del lobo Y el despiadado pico del cuervo,Una espada para la mano Que prodigará el oro rojo, Una espada para la mano Que dará muerte a la serpiente en su lecho de oro, Una espada para la mano Que ganará un reino y perderá un reino, Una espada para la mano Que derribará la selva de lanzas. Una espada para la mano de Beowulf.
Edgar Allan Poe

Pompas del mármol, negra anatomía Que ultrajan los gusanos sepulcrales, Del triunfo de la muerte los glaciales Símbolos congregó. No los temía. Temía la otra sombra, la amorosa, Las comunes venturas de la gente; No lo cegó el metal resplandeciente Ni el mármol sepulcral sino la rosa. Como del otro lado del espejo Se entregó solitario a su complejo Destino de inventor de pesadillas. Quizá, del otro lado de la muerte, Siga erigiendo solitario y fuerte Espléndidas y atroces maravillas.

Los enigmas

Yo que soy el que ahora está cantando Seré mañana el misterioso, el muerto, El morador de un mágico y desierto Orbe sin antes ni después ni cuándo. Así afirma la mística. Me creo Indigno del Infierno o de la Gloria, Pero nada predigo. Nuestra historiaCambia como las formas de Proteo. ¿Qué errante laberinto, qué blancura Ciega de resplandor será mi suerte, Cuando me entregue el fin de esta aventura La curiosa experiencia de la muerte? Quiero beber su cristalino Olvido, Ser para siempre; pero no haber sido.

Al vino

En el bronce de Homero resplandece tu nombre, Negro vino que alegras el corazón del hombre.
Siglos de siglos hace que vas de mano en mano Desde el ritón del griego al cuerno del germano.
En la aurora ya estabas. A las generaciones Les diste en el camino tu fuego y tus leones.
Junto a aquel otro río de noches y de díasCorre el tuyo que aclaman amigos y alegrías,
Vino que como un Éufrates patriarcal y profundo Vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.
En tu cristal que vive nuestros ojos han visto Una roja metáfora de la sangre de Cristo.
En las arrebatadas estrofas del sufí Eres la cimitarra, la rosa y el rubí.
Que otros en tu Leteo beban un triste olvido; Yo busco en ti las fiestas del fervor compartido.
Sésamo con el cual antiguas noches abro Y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro.
Vino del mutuo amor o la roja pelea, Alguna vez te llamaré. Que así sea.
Soneto del vino

¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosaConjunción de los astros, en qué secreto díaQue el mármol no ha salvado, surgió la valerosaY singular idea de inventar la alegría?Con otoños de oro la inventaron. El vinoFluye rojo a lo largo de las generacionesComo el río del tiempo y en el arduo caminoNos prodiga su música, su fuego y sus leones.En la noche del júbilo o en la jornada adversaExalta la alegría o mitiga el espantoY el ditirambo nuevo que este día le cantoOtrora lo cantaron el árabe y el persa.Vino, enséñame el arte de ver mi propia historiaComo si ésta ya fuera ceniza en la memoria,

El alquimista

Lento en el alba un joven que han gastado La larga reflexión y las avaras Vigilias considera ensimismado Los insomnes braseros y alquitaras.
Sabe que el oro, ese Proteo, acecha Bajo cualquier azar, como el destino; Sabe que está en el polvo del camino, En el arco, en el brazo y en la flecha.
En su oscura visión de un ser secreto Que se oculta en el astro y en el lodo, Late aquel otro sueño de que todo Es agua, que vio Tales de Mileto.
Otra visión habrá; la de un eternoDios cuya ubicua faz es cada cosa,Que explicará el geométrico SpinozaEn un libro más arduo que el Averno...
En los vastos confines orientales Del azul palidecen los planetas, El alquimista piensa en las secretas Leyes que unen planetas y metales.
Y mientras cree tocar enardecido El oro aquél que matará la Muerte. Dios, que sabe de alquimia, lo convierte En polvo, en nadie, en nada y en olvido.

Otro poema de los dones

Gracias quiero dar al divino Laberinto de los efectos y de las causas Por la diversidad de las criaturas Que forman este singular universo, Por la razón, que no cesará de soñar Con un plano del laberinto, Por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,Por el amor, que nos deja ver a los otros Como los ve la divinidad, Por el firme diamante y el agua suelta, Por el álgebra, palacio de precisos cristales, Por las místicas monedas de Angel Silesio, Por Schopenhauer, Que acaso descifró el universo, Por el fulgor del fuego Que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo, Por la caoba, el cedro y el sándalo, Por el pan y la sal, Por el misterio de la rosa Que prodiga color y que no lo ve, Por ciertas vísperas y días de 1955, Por los duros troperos que en la llanura Arrean los animales y el alba, Por la mañana en Montevideo, Por el arte de la amistad, Por el último día de Sócrates, Por las palabras que en un crepúsculo se dijeron De una cruz a otra cruz, Por aquel sueño del Islam que abarco Mil noches y una noche, Por aquel otro sueño del infierno, De la torre del fuego que purifica Y de las esferas gloriosas, Por Swedenborg, Que conversaba con los ángeles en las calles de Londres, Por los ríos secretos e inmemoriales Que convergen en mí, Por el idioma que, hace siglos, hablé en Nortumbria, Por la espada y el arpa de los sajones,Por el mar, que es un desierto resplandecienteY una cifra de cosas que no sabemosY un epitafio de los vikings,Por la música verbal de Inglaterra,Por la música verbal de Alemania,Por el oro, que relumbra en los versos,Por el épico invierno,Por el nombre de un libro que no he leído:Gesta Dei per Francos, Por Verlaine, inocente como los pájaros,Por el prisma de cristal y la pesa de bronce,Por las rayas del tigre,Por las altas torres de San Francisco y de la isla de Manhattan,Por la mañana en Texas,Por aquel sevillano que redactó la Epístola MoralY cuyo nombre, como él hubiera preferido, ignoramos,Por Séneca y Lucano, de Córdoba,Que antes del español escribieronToda la literatura española,Por el geométrico y bizarro ajedrez,Por la tortuga de Zenón y el mapa de Royce,Por el olor medicinal de los eucaliptos,Por el lenguaje, que puede simular la sabiduría,Por el olvido, que anula o modifica el pasado,Por la costumbre,Que nos repite y nos confirma como un espejo,Por la mañana, que nos depara la ilusión de un principio,Por la noche, su tiniebla y su astronomía.Por el valor y la felicidad de los otros,Por la patria, sentida en los jazminesO en una vieja espada,Por Whitman y Francisco de Asís, que ya escribieron el poema,Por el hecho de que el poema es inagotableY se confunde con la suma de las criaturasY no llegará jamás al último versoY varía según los hombres,Por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijosPor morir tan despacio,Por los minutos que preceden al sueño,Por el sueño y la muerte,Esos dos tesoros ocultos,Por los íntimos dones que no enumero,Por la música, misteriosa forma del tiempo.

Oda escrita en 1966

Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete Que, alto en el alba de una plaza desierta,Rige un corcel de bronce por el tiempo, Ni los otros que miran desde el mármol, Ni los que prodigaron su bélica ceniza Por los campos de América O dejaron un verso o una hazaña O la memoria de una vida cabal En el justo ejercicio de los días. Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.
Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo Cargado de batallas, de espadas y de éxodosY de la lenta población de regiones Que lindan con la aurora y el ocaso, Y de rostros que van envejeciendo En los espejos que se empañan Y de sufridas agonías anónimas Que duran hasta el alba Y de la telaraña de la lluvia Sobre negros jardines.
La patria, amigos, es un acto perpetuoComo el perpetuo mundo. (Si el EternoEspectador dejara de soñarnosUn solo instante, nos fulminaría,Blanco y brusco relámpago, Su olvido.)Nadie es la patria, pero todos debemosSer dignos del antiguo juramentoQue prestaron aquellos caballerosDe ser lo que ignoraban, argentinos,De ser lo que serían por el hechoDe haber jurado en esa vieja casa.Somos el porvenir de esos varones,La justificación de aquellos muertos; Nuestro deber es la gloriosa carga Que a nuestra sombra legan esas sombras Que debemos salvar. Nadie es la patria, pero todos lo somos.Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante, Ese límpido fuego misterioso.
El sueño

Si el sueño fuera (como dicen) una Tregua, un puro reposo de la mente, ¿Por qué, si te despiertan bruscamente, Sientes que te han robado una fortuna? ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora Nos despoja de un don inconcebible, Tan íntimo que sólo es traducibleEn un sopor que la vigilia dora De sueños, que bien pueden ser reflejos Truncos de los tesoros de la sombra, De un orbe intemporal que no se nombra Y que el día deforma en sus espejos. ¿Quien serás esta noche en el oscuro Sueño, del otro lado de su muro?

El mar

Antes que el sueño (o el terror) tejiera Mitologías y cosmogonías, Antes que el tiempo se acuñara en días, El mar, el siempre mar, ya estaba y era. ¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento Y antiguo ser que roe los pilares De la tierra y es uno y muchos mares Y abismo y resplandor y azar y viento? Quien lo mira lo ve por vez primera,Siempre. Con el asombro que las cosas Elementales dejan, las hermosasTardes, la luna, el fuego de una hoguera.¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el díaUlterior que sucede a la agonía.

Jorge Luis Borges

Jorge Luis Borges

Poema de los dones

Nadie rebaje a lágrima o reproche Esta declaración de la maestría De Dios, que con magnífica ironía Me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueñosA unos ojos sin luz, que sólo puedenLeer en las bibliotecas de los sueñosLos insensatos párrafos que ceden
Las albas a su afán. En vano el día Les prodiga sus libros infinitos, Arduos como los arduos manuscritos Que perecieron en Alejandria.
De hambre y de sed (narra una historia griega) Muere un rey entre fuentes y jardines;Yo fatigo sin rumbo los confines De esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente Y el Occidente, siglos, dinastías, Símbolos, cosmos y cosmogonías Brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca Exploro con el báculo indeciso, Yo, que me figuraba el Paraíso Bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra Con la palabra azar, rige estas cosas; Otro ya recibió en otras borrosas Tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías Suelo sentir con vago horror sagrado Que soy el otro, el muerto, que habrá dado Los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema De un yo plural y de una sola sombra? ¿Qué importa la palabra que me nombra si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido Mundo que se deforma y que se apaga En una pálida ceniza vaga Que se parece al sueño y al olvido.
(De «El Hacedor»)

El reloj de arena

Está bien que se mida con la duraSombra que una columna en el estíoArroja o con el agua de aquel ríoEn que Heráclito vio nuestra locura
El tiempo, ya que al tiempo y al destino Se parecen los dos: la imponderable Sombra diurna y el curso irrevocable Del agua que prosigue su camino.
Está bien, pero el tiempo en los desiertos Otra substancia halló, suave y pesada, Que parece haber sido imaginada Para medir el tiempo de los muertos.
Surge así el alegórico instrumentoDe los grabados de los diccionarios,La pieza que los grises anticuariosRelegarán al mundo ceniciento
Del alfil desparejo, de la espada Inerme, del borroso telescopio, Del sándalo mordido por el opio Del polvo, del azar y de la nada.
¿Quién no se ha demorado ante el severoY tétrico instrumento que acompañaEn la diestra del dios a la guadañaY cuyas líneas repitió Durero?
Por el ápice abierto el cono inverso Deja caer la cautelosa arena, Oro gradual que se desprende y llena El cóncavo cristal de su universo.
Hay un agrado en observar la arcana Arena que resbala y que declina Y, a punto de caer, se arremolina Con una prisa que es del todo humana.
La arena de los ciclos es la misma E infinita es la historia de la arena; Así, bajo tus dichas o tu pena, La invulnerable eternidad se abisma.
No se detiene nunca la caída Yo me desangro, no el cristal. El rito De decantar la arena es infinito Y con la arena se nos va la vida.
En los minutos de la arena creo Sentir el tiempo cósmico: la historia Que encierra en sus espejos la memoria O que ha disuelto el mágico Leteo.
El pilar de humo y el pilar de fuego,Cartago y Roma y su apretada guerra,Simón Mago, los siete pies de tierraQue el rey sajón ofrece al rey noruego,
Todo lo arrastra y pierde este incansable Hilo sutil de arena numerosa. No he de salvarme yo, fortuita cosa De tiempo, que es materia deleznable.

Los espejos
Yo que sentí el horror de los espejos No sólo ante el cristal impenetrable Donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos
Sino ante el agua especular que imitaEl otro azul en su profundo cieloQue a veces raya el ilusorio vueloDel ave inversa o que un temblor agita
Y ante la superficie silenciosaDel ébano sutil cuya tersuraRepite como un sueño la blancuraDe un vago mármol o una vaga rosa,
Hoy, al cabo de tantos y perplejos Años de errar bajo la varia luna, Me pregunto qué azar de la fortuna Hizo que yo temiera los espejos.
Espejos de metal, enmascaradoEspejo de caoba que en la brumaDe su rojo crepúsculo disfumaEse rostro que mira y es mirado,
Infinitos los veo, elementales Ejecutores de un antiguo pacto, Multiplicar el mundo como el acto Generativo, insomnes y fatales.
Prolongan este vano mundo incierto En su vertiginosa telaraña; A veces en la tarde los empaña El hálito de un hombre que no ha muerto.
Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro Paredes de la alcoba hay un espejo, Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo Que arma en el alba un sigiloso teatro.
Todo acontece y nada se recuerda En esos gabinetes cristalinos Donde, como fantásticos rabinos, Leemos los libros de derecha a izquierda.
Claudio, rey de una tarde, rey soñado, No sintió que era un sueño hasta aquel díaEn que un actor mimó su felonía Con arte silencioso, en un tablado.
Que haya sueños es raro, que haya espejos, Que el usual y gastado repertorio De cada día incluya el ilusorio Orbe profundo que urden los reflejos.
Dios (he dado en pensar) pone un empeño En toda esa inasible arquitectura Que edifica la luz con la tersura Del cristal y la sombra con el sueño.
Dios ha creado las noches que se arman De sueños y las formas del espejo Para que el hombre sienta que es reflejo Y vanidad. Por eso nos alarman.

La luna
Cuenta la historia que en aquel pasadoTiempo en que sucedieron tantas cosasReales, imaginarias y dudosas,Un hombre concibió el desmesurado
Proyecto de cifrar el universo En un libro y con ímpetu infinito Erigió el alto y arduo manuscrito Y limó y declamó el último verso.
Gracias iba a rendir a la fortuna Cuando al alzar los ojos vio un bruñido Disco en el aire y comprendió, aturdido, Que se había olvidado de la luna.
La historia que he narrado aunque fingida, Bien puede figurar el maleficio De cuantos ejercemos el oficio De cambiar en palabras nuestra vida.
Siempre se pierde lo esencial. Es una Ley de toda palabra sobre el numen. No la sabrá eludir este resumen De mi largo comercio con la luna.
No sé dónde la vi por vez primera, Si en el cielo anterior de la doctrina Del griego o en la tarde que declina Sobre el patio del pozo y de la higuera.
Según se sabe, esta mudable vida Puede, entre tantas cosas, ser muy bella Y hubo así alguna tarde en que con ella Te miramos, oh luna compartida.
Más que las lunas de las noches puedo Recordar las del verso: la hechizada Dragon moon que da horror a la halada Y la luna sangrienta de Quevedo.
De otra luna de sangre y de escarlata Habló Juan en su libro de feroces Prodigios y de júbilos atroces; Otras más claras lunas hay de plata.
Pitágoras con sangre (narra una Tradición) escribía en un espejo Y los hombres leían el reflejo En aquel otro espejo que es la luna.
De hierro hay una selva donde mora El alto lobo cuya extraña suerte Es derribar la luna y darle muerte Cuando enrojezca el mar la última aurora.
(Esto el Norte profético lo sabe Y tan bien que ese día los abiertos Mares del mundo infestará la nave Que se hace con las uñas de los muertos.)
Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna Quiso que yo también fuera poeta, Me impuse. como todos, la secreta Obligación de definir la luna.
Con una suerte de estudiosa penaAgotaba modestas variaciones,Bajo el vivo temor de que LugonesYa hubiera usado el ámbar o la arena,
De lejano marfil, de humo, de fría Nieve fueron las lunas que alumbraron Versos que ciertamente no lograron El arduo honor de la tipografía.
Pensaba que el poeta es aquel hombreQue, como el rojo Adán del Paraíso,Impone a cada cosa su precisoY verdadero y no sabido nombre,
Ariosto me enseñó que en la dudosa Luna moran los sueños, lo inasible, El tiempo que se pierde, lo posible O lo imposible, que es la misma cosa.
De la Diana triforme Apolodoro Me dejo divisar la sombra mágica; Hugo me dio una hoz que era de oro, Y un irlandés, su negra luna trágica.
Y, mientras yo sondeaba aquella minaDe las lunas de la mitología,Ahí estaba, a la vuelta de la esquina,La luna celestial de cada día
Sé que entre todas las palabras, una Hay para recordarla o figurarla. El secreto, a mi ver, está en usarla Con humildad. Es la palabra luna.
Ya no me atrevo a macular su pura Aparición con una imagen vana; La veo indescifrable y cotidiana Y más allá de mi literatura.
Sé que la luna o la palabra luna Es una letra que fue creada para La compleja escritura de esa rara Cosa que somos, numerosa y una.
Es uno de los símbolos que al hombre Da el hado o el azar para que un día De exaltación gloriosa o de agonía Pueda escribir su verdadero nombre.

La lluvia

Bruscamente la tarde se ha aclarado Porque ya cae la lluvia minuciosa. Cae o cayó. La lluvia es una cosa Que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado El tiempo en que la suerte venturosa Le reveló una flor llamada rosa Y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristalesAlegrará en perdidos arrabalesLas negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada Tarde me trae la voz, la voz deseada, De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

Arte poética

Mirar el río hecho de tiempo y agua Y recordar que el tiempo es otro río, Saber que nos perdemos como el río Y que los rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueñoQue sueña no soñar y que la muerteQue teme nuestra carne es esa muerte De cada noche, que se llama sueño.
Ver en el día o en el año un símbolo De los días del hombre y de sus años, Convertir el ultraje de los añosEn una música, un rumor y un símbolo,
Ver en la muerte el sueño, en el ocaso Un triste oro, tal es la poesía Que es inmortal y pobre. La poesía Vuelve como la aurora y el ocaso.
A veces en las tardes una cara Nos mira desde el fondo de un espejo; El arte debe ser como ese espejo Que nos revela nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios, Lloró de amor al divisar su ItacaVerde y humilde. El arte es esa Itaca De verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminableQue pasa y queda y es cristal de un mismo Heráclito inconstante, que es el mismoY es otro, como el río interminable.